“El movimiento real food no es perjudicial en sí. El problema reside en cómo se está haciendo llegar esa información”

movimiento real food

“Movimiento real food” o “Comida Real”. Así es como se denomina uno de los movimientos que, en lo que a nutrición se refiere, ha adquirido mayor auge con motivo de la pandemia y el confinamiento. Una tendencia que algunos/as expertos/a ya han coincidido en catalogarla como “peligrosa para la salud mental y los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA)”. Hablamos de ello con nuestra colegiada, Inmaculada López Espejo. Ella es Psicóloga General Sanitaria (PGS), especializada en obesidad y alimentación. Además de miembro de la Sección Profesional de Psicología Clínica y de la Salud del COPAO, también es docente en la Escuela Andaluza de Salud Pública. 

Durante los meses de confinamiento, adquirió un gran auge el movimiento real food. A priori, parece una tendencia que promueve los hábitos de vida saludables. Pero ¿hasta qué punto se constituye como un factor de riesgo?

En primer lugar, hay que aclarar que este movimiento propone basar la alimentación en productos naturales, sin procesar o mínimamente procesados. Es decir, limitar el consumo de ultraprocesados y cualquier producto poco saludable desde un punto de vista nutricional. Por lo tanto, la promoción de esta alimentación no tiene por qué ser problemática en sí.

Ahora bien, lo delicado reside en cómo se hace llegar esta información a la población. Y es que la forma de transmitir no es inocua. A menudo, olvidamos que no hay salud sin salud mental y que una ingesta no es saludable sólo por el tipo de alimento que se consume.

La alimentación del ser humano es más compleja que el valor nutricional de lo que comemos. Para empezar, tenemos una relación emocional con la comida. También existen factores biológicos implicados como el gusto, las señales de hambre y saciedad. Finalmente, intervienen factores sociales, económicos o culturales, por citar algunos ejemplos.

Y el riesgo está en no tener en cuenta todo esto y en la demonización de alimentos, lanzando un mensaje rígido y absolutista. Esta falta de flexibilidad puede generar sentimientos de culpa, miedo, vergüenza, invalidez, insuficiencia o insatisfacción.

Una ingesta no es saludable sólo por el tipo de alimento que se consume

¿Qué papel juegan las nuevas tecnologías y las redes sociales en el auge del fenómeno real food?

Las redes sociales son un altavoz al mundo y donde no existen filtros. Un/a influencer puede decir lo que quiera y en cualquier momento. Y, además, eso que dice puede llegar a millones de personas. El alcance actual del movimiento real food no habría existido sin las redes sociales y las nuevas tecnologías. Por otro lado, las aplicaciones para móviles también influyen porque son un apoyo más.

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Inma López Espejo es Psicóloga General Sanitaria especializada en Obesidad y Alimentación

Durante todo este tiempo, he podido observar en consulta que estas aplicaciones pueden convertir a las personas usuarias en esclavas. Es decir, las personas usuarias tienen que comprobar que cada producto que compran o van a consumir está en una lista de alimentos permitidos. En definitiva, conseguir la aprobación del movimiento.

¿Cómo nos influye, desde el punto de vista psicológico, esa prohibición de determinados alimentos?

Esta prohibición existe desde que la “cultura de la dieta” comenzó su andadura y es uno de los trabajos más arduos con los que nos encontramos en terapia. Y es que, cuando una idea rígida se repite sin parar, deja en nuestra mente una huella que es muy difícil cambiar después.

No quiero que quede el pensamiento de que el movimiento real food es dañino. Pero sí que reflexionemos sobre la forma de comunicarlo y la estrategia de marketing

¿Se podría decir que existe mala praxis con los movimientos real food?

No sé si se podría calificar como mala praxis. Lo que sí que es seguro es que puede mejorarse la metodología existente. Somos profesionales de la salud, seamos responsables y velemos por ella.

Como he dicho, creo que la idea nuclear del movimiento real food es plausible. No me gustaría que se transmitiese el pensamiento de que ingerir “comida real” es dañino porque encierra un trabajo de divulgación en salud importante. Pero sí que me gustaría que pudiéramos reflexionar sobre las formas. La estrategia de marketing ignora las consecuencias negativas tan importantes en la salud de muchas personas. Y la prudencia debe ser un valor a tener presente en ésta y toda práctica profesional.

¿Qué enfoque cree que se le debería dar al real food para que esa relación con la comida no sea dañina y no desemboque en un Trastorno de la Conducta Alimentaria?

Creo que el camino sería el que he comentado: cuidar el mensaje sin ser absolutistas o inflexibles. Sería de gran ayuda que los/as nutricionistas trabajaran en equipo con profesionales de la salud mental formados en Psicología de la Alimentación. Los/as profesionales de la Psicología sabemos que la demonización de los alimentos o las prohibiciones, las restricciones, la exigencia y la rigidez tienen consecuencias en la salud mental. Son factores que generan malestar y un riesgo para el desarrollo de Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA).

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“Sería de gran ayuda que los/as nutricionistas trabajaran en equipo con profesionales de la salud mental, formados en Psicología de la Alimentación”

Se puede hablar perfectamente de comida natural e instar a la población a incluirlos en su dieta en mayor proporción. Pero sin lanzar un mensaje que culpabilice o invalide a quienes no puedan o no quieran hacerlo, por los motivos que sea.

En mi día a día, trabajo en equipo con nutricionistas y veo que es posible hacerlo desde el cuidado y el respeto. A través del miedo, la culpa o la vergüenza es imposible alcanzar un estado óptimo de salud.

Estamos viendo que la salud mental, en general, y los TCA, en particular, han sido dos de los grandes olvidaddos durante la pandemia. El mal enfoque a nivel institucional del cuidado de la salud mental está claro que lo ha habido. Pero ¿podemos hablar también de un mal enfoque social?

La salud mental ha sido, sin duda la gran olvidada. Aunque me gusta pensar que eso se está cambiando. Necesitamos mejorar a todos los niveles, aunque pretender que la sociedad sea responsable y consciente de los problema de salud mental cuando las instituciones no le dan espacio o visibilidad, es bastante complicado. Espero que de esos desencuentros entre profesionales puedan surgir nuevas propuestas y movimientos sociales, cada vez más fuertes.

Vivimos en la “cultura de la dieta” y de la insatisfacción con la propia imagen corporal. Todo ello gracias al canon de belleza imperante. Es difícil cambiar esto cuando hay grandes industrias detrás ganando mucho dinero a costa de esa imagen.

Como profesional que trabaja, habitualmente, con personas que padecen obesidad, problemas alimentarios o de imagen corporal, ¿por qué cree que la pandemia ha disparado el número de casos de TCA o ha supuesto el empeoramiento de los ya diagnosticados?

El confinamiento ha sido especialmente difícil. No hemos tenido espacio de ocio, de relaciones sociales y de otras actividades que contribuyen a mantener una buena salud mental. Además, el acceso a los recursos sanitarios presenciales ha sido muy limitado, incluidos los de salud mental.

Pretender que la sociedad sea responsable de los problemas de salud mental cuando las instituciones no le dan espacio o visibilidad, es bastante complicado

Todo esto se ha unido a la presión de convivir “encerrados” con más personas o la soledad, el miedo al virus y la incertidumbre generalizada. Por si esto no fuese suficiente, hemos de añadir la sobreexposición a las redes sociales y a los medios de comunicación donde se ha hecho una alusión constante a la comida y al ejercicio físico. Durante el confinamiento, hemos recibido a diario mensajes “gordófobos”, miles de fotografías de cuerpos perfectos, de comidas perfectas y de rutinas de ejercicio perfectas. En definitiva, a la preocupación ya existente de mantener una imagen corporal, se le ha unido el miedo de no poder mantener determinado tipo de alimentación o actividad física.

Evidentemente, todo esto puede influir en cualquier persona. Pero en alguien con cierta predisposición ha sido la chispa que se necesitaba para encender el fuego de la insatisfacción corporal y la obsesión por la comida y el ejercicio físico. Sinceramente, durante el confinamiento, yo escuché en consulta más veces mencionar el miedo a engordar que el miedo al contagio y al virus.

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“Durante el confinamiento hemos recibido mensajes gordófobos, fotografías de cuerpos perfectos y de ejercicios perfectos”

Lo ideal sería que todas las personas que padecen un TCA pudiesen acceder a trabajar con un equipo multidisciplinar de profesionales

El contexto actual ha puesto en auge también dos trastornos que son la ortorexia y la vigorexia ¿En qué consisten y como podemos diferenciarlos de otros TCA más conocidos por todos/as como la bulimia o la anorexia?

Todos tienen como sintomatología común la preocupación excesiva por la forma del cuerpo, los alimentos que se ingieren, el miedo a coger peso, el sentimiento de culpabilidad cuando no es posible realizar las “conductas rituales”, etcétera.

Por su parte, la vigorexia es un trastorno muy relacionado con la imagen corporal y la preocupación por tener un cuerpo musculado y atlético. Esto lleva a comportamientos compulsivos en cuanto a la realización de ejercicio físico y el consumo de alimentos que contribuyan a obtener masa muscular.

En cambio, la ortorexia está más relacionada con el movimiento real food. Es decir, suele comenzar con el objetivo de comer de manera saludable y mejorar nutricionalmente hablando. Pero, durante ese cambio, la persona se empieza a obsesionar y pierde la flexibilidad en la elección por los alimentos. Esa preocupación cada vez mayor por la comida sana desemboca en un malestar psicológico y emocional, llegando incluso a sentir miedo a enfermar si hace una elección alimentaria no permitida o “no saludable”.

¿Cómo debe ser la intervención psicológica en el tratamiento de cualquier TCA?

Lo ideal sería que las personas con un diagnóstico de trastorno alimentario puedan acceder a trabajar con un equipo multidisciplinar especializado. Dependiendo del tipo de trastorno y la gravedad, serían adecuadas distintas intervenciones como puede ser un ingreso hospitalario, en casos extremos. En muchas ocasiones, también es necesario un ingreso en un centro de día o un tratamiento ambulatorio, cuando el/la paciente está más estable y puede realizar un trabajo terapéutico en sesiones semanales.

Los equipos profesionales de tratamiento de los TCA suelen estar formados por médicos/as, psiquiatras, psicólogos/as, nutricionistas y, con suerte, profesionales de la actividad física y del deporte. Y aquí, nuevamente, tengo que reivindicar más recursos para el Sistema Nacional de Salud puesto que, en la mayoría de las ocasiones las familias han de recurrir a la sanidad privada. Ello supone un gran esfuerzo a nivel económico que no todo el mundo puede asumir.

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El Sistema Nacional de Salud carece de los medios suficientes para atender a los/as pacientes con TCA y la sanidad privada a veces es inasumible para las familias

En este último sentido quiero aprovechar también para mencionar que, desde hace muy poquito, Andalucía cuenta con dos unidades especializadas en TCA en el sistema público. Están ubicadas en Granada y en Málaga y, aunque no llegan a cubrir las necesidades reales, son un gran logro que debemos apoyar y fomentar.

En el núcleo familiar, ¿existe o debería existir algún tipo de intervención?

La integración de la familia en el tratamiento es fundamental y, como mínimo, es imprescindible ofrecer psicoeducación sobre el trastorno a las personas cercanas al/la paciente. Normalmente, nos encontramos con personas que están bastante perdidas, con mucha desinformación basada en creencias y mitos. En este sentido, las familias agradecen enormemente que se les implique y se les haga entender lo que sucede y cómo pueden contribuir en la recuperación.

Por otro lado, es fundamental la terapia familiar especialmente en los casos de menores. Y es que los TCA son conocidos por su sintomatología relacionada con la comida y el ejercicio. Pero sus raíces son mucho más profundas y complejas.

Finalmente, ¿Cómo podemos ayudar a alguien que detectamos que está en riesgo de padecer un TCA?

Si notamos en alguien cercano o en nosotros/as mismos/a tendencia a la obsesión con algún tipo de alimentación, dieta o estilo de vida, de moda, lo más sano es dejar de seguir las cuentas que lo fomentan. La salud y el bienestar vienen del fomento de los hábitos de vida saludables que no suelen tener “nombre y apellidos”. Si no sabemos cómo hacerlo, es importante consultar con profesionales actualizados/as. Si notamos que estamos obsesionados/as con qué voy a comer, si engorda, si es sano o si es un alimento permitido o prohibido, si me siento culpable o si necesito compensar, entonces debemos consultar a un/a profesional de la Psicología.